La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada. José Ortega y Gasset

viernes, 13 de junio de 2014

El hombre que vendía regaliz


Durante un rato, mientras esperaba a Carlos, deambulaba mirando escaparates en la calle donde habíamos quedado. Muchas tiendas y poco interés,  solo amenizando el tiempo de la espera.

Reconocí en la esquina ,a un hombre , con 30 años más .Como en el flashback de una película, mi imagen de adolescente en la misma esquina surgió , vi a ese hombre cortando unos trozos de regaliz y preparándolos con una goma para venderlos, a 10 ptas el manojo. 


La calle era diferente, los comercios más modernos, un cine que ya no existía, una gran ferretería que desapareció en la bruma de los años. Lo único que permanecía era el hombre que vendía regaliz.
Era de las pocas ocasiones en las que alguien permanecía mientras el entorno cambiaba.


¿Esa era la sensación de la inmortalidad?, ver como a tu alrededor todo cambia, mientras tu, ajeno al resto permaneces invariable, surfeando por las olas del tiempo. Bonita imagen, al fin y al cabo tenía que amenizar la espera, y fantasear un poco, entretiene bastante.


El caso es que más allá de las imágenes oníricas que nos hagamos de lo que observamos , nos gusta engañarnos , rectifico, complacernos con el hecho de un paso del tiempo mayor ,mejor ,o simplemente más duradero que el vecino , y ver todo desde una perspectiva del paso del tiempo nos fascina al tiempo que nos aterra. La mortalidad, que diría Bjorn el grande, es el paso a previo al festín del valhalla, la fiesta eterna de la inmortalidad. "Joder si me lo ponen así de bien"....., pero aún así somos reacios a irnos. 


Mi abuelo decía que la inmortalidad de los mortales, era la de ser recordados a lo largo de la historia, a lo largo de la vida de otros. Y en parte es así, un placebo más para no ver nuestra mortalidad como un fin.


Tras un buen rato de darle vueltas al coco, llego Carlos con una cara de " lo siento, llego tarde, lo se" yo le respondí con una mirada de "sí, si te va a tocar pagar las cañas". Me fui sin mirar atrás, sin mirar al eterno hombre que vendía regaliz y sin preocuparme de la mortalidad, sólo sonriendo pensando en las cañas que Carlos me iba a pagar y en las historietas que nos contaríamos. 


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